El núcleo de la Reforma: ser competitivos

Hegemonía Energética

Por: Salvador Barragán Heredia

La habilidad de un país para crear valor agregado e incrementar la riqueza nacional mediante la correcta administración de los recursos, procesos y su integración dentro de un modelo económico y social es lo que se le conoce como competitividad, lo cual constituye uno de los factores determinantes de la transformación que vivimos como país, veamos:

 

Para el Banco Mundial, México es capaz de situarse dentro de las 10 principales economías del mundo en la próxima década. Sin embargo; para ello, no solamente es necesario concretar las reformas estructurales, particularmente la energética; sino también debe alcanzar un cambio cultural en la población mexicana. En definitiva, la competitividad no se logra simplemente por decreto, se necesita una actitud de cambio. 

Hoy se requieren más que preguntas, respuestas, ya que la pobreza no puede esperar más; son millones los mexicanos que demandan una transformación en su vida, en su economía familiar, en su salario y en todo su entorno. Mejorar la calidad de vida ha sido más que un afán una obsesión del Gobierno de la República, que con esfuerzos evidentes ha construido claras esperanzas para vivir en un México más justo y menos desigual. El camino no ha sido fácil, ya que nos encontramos en un México que cuenta con enorme riqueza natural, con privilegios climáticos, grandes extensiones de territorio y particularmente, riqueza petrolera; sin embargo, no menos verdad es que México casi inexplicablemente no ha podido lograr la prosperidad deseada.  

El problema se centra principalmente debido a una incorrecta administración de nuestros recursos naturales. El espectro de nuestra visión limitada, el corto diseño de nuestra planeación y la falta de ideas audaces ante un mundo moderno, son algunas razones por las cuales México ha quedado estancado frente a sus principales competidores energéticos. De ahí se entiende el afán del Presidente Enrique Peña Nieto, por impulsar una reforma energética, que genere la rentabilidad necesaria y el crecimiento económico que demandan los mexicanos.

Ciertamente, si la Industria Petrolera Nacional es rentable no existe duda en que será capaz de competir eficientemente con cualquier actor de la escena energética. Para ello, es necesario su fortalecimiento: mediante la generación de valor agregado, menores costos de producción, incremento de inversión en Investigación y Desarrollo, expansión de operaciones, eficiencia en los métodos de producción, organización inteligente. Con todo ello, es posible generar competitividad en las grandes ligas del mercado petrolero.

La baja competitividad nacional que se ha presentado en los últimos años, afectó gravemente la captación de capital extranjero para inversión. En el 2011 la inversión extranjera directa fue menor 16% a la registrada en el 2000, cuando Brasil en el mismo periodo incrementó sus inversiones 247%. Factor que generó que más de 40 millones de brasileños abandonaran las filas de la pobreza. En México la pobreza de patrimonio alcanza a casi 60 millones de personas. 

China y Brasil son potencias económicas emergentes. Las políticas públicas que generan son altamente exitosas y admiradas por el mundo, no solamente por el crecimiento económico que reportan, sino también por los resultados sociales que derraman por sus territorios. Pero en ambos casos de éxito, la competitividad ha sido el factor determinante para generar la prosperidad. 

China, actualmente es el principal socio comercial de Estados Unidos, desplazó hace varias décadas a México; a pesar de los miles de kilómetros de distancia que recorren son capaces de reportar mayor volumen y valor de sus exportaciones que las que genera México. China representa a una de las naciones donde mejor se invierte, de facto, logró duplicar la producción económica per cápita en menos de 20 años, lo que constituye una tasa 2 veces más rápida que la de la Revolución Industrial en Europa y América del Norte. Con todo ello, el gobierno chino ha logrado que más de 300 millones de personas hayan abandonado a la pobreza.

En tanto, Brasil le apostó al desarrollo económico en la década de los noventas, sus reformas estructurales y particularmente, la energética fueron determinantes para incrementar el valor económico de su principal activo, Petrobras, con lo cual le arrebató a México su liderazgo en América Latina y se convirtió en el centro de los negocios en la región. Mientras a Brasil se le conocía en el mundo como una economía emergente, México era simplemente un espectador. Su incremento en inversión en Investigación y Desarrollo para producir patentes y soluciones de negocio, así como el mejoramiento de la educación superior en zonas de difícil acceso, permitió que Brasil incrementara su PIB en un 284% de 2000 a 2011, con lo cual es a la fecha la séptima potencia económica del orbe.

Para el Foro Económico Mundial, México se encuentra situado en el segundo cuartil, de las economías más competitivas ocupando el lugar 55 de 148 países. Suiza, Singapur, Finlandia, Alemania, Estados Unidos, Suecia, Hong Kong, Países Bajos, Japón y Gran Bretaña, son las diez economías de mejor competitividad en el mundo y ciertamente, se distinguen también por ser altamente prósperas y por ofrecer calidad de vida para los suyos. Suiza por ejemplo, para la ONU de acuerdo a su Informe de Desarrollo Humano, es la Nación que cuenta con los empleados más competitivos, ocupa el cuarto lugar en investigación científica, son primeros en calidad de soporte financiero, en firmas de inversión y destacan en derechos intelectuales, innovación y oportunidades de negocio.

En ese sentido, puede observarse en México cambios positivos estructurales, no solamente mediante las reformas que han sido impulsadas por el Titular del Ejecutivo Federal, sino también por el liderazgo emprendido, particularmente en materia energética, que con responsabilidad y suficiente visión hacia al futuro, se han conseguido logros de importante calibre, que pueden constituir una esperanza de alivio para el pueblo de México. 

* El autor es investigador académico y Coordinador del Capítulo de Energía de la Asociación Nacional de Doctores en Derecho.